La histórica consideración del perfume como un artículo refinado que distingue a quien lo utiliza, personalmente o como ofrenda, ha condicionado también su envase y su envoltorio. La perfumería moderna, que se inicia en el siglo XIX en correspondencia con los nuevos tiempos industriales, se lanzó a la conquista de un gran mercado realzando a los ojos de los consumidores las exquisitas cualidades de sus perfumes en preciosos frascos y cajas. De aquí nace la estrecha colaboración con artesanos vidrieros, primero, y diseñadores industriales, más tarde, lo cual ha dado lugar a que algunos perfumes sean identificados no sólo por sus cualidades intrínsecas, sino también por el envase que los contiene. En este sentido, es difícil imaginar al célebre Chanel N° 5 en otro frasco que no sea el elegante y sobrio con el que impuso en su momento su idea de modernidad. El frasco y la caja que contienen, presentan y dan imagen a un perfume han sido y son objeto de cuidados y refinados diseños con los que se pretende transmitir al consumidor potencial la «filosofía» de la marca y de su creador, y, al mismo tiempo, sugerir la personalidad del perfume y, por extensión, la de quien lo utilice. A través del frasco con el que es identificado, el perfume parece adoptar un elemento capaz de prolongar su presencia y trascender su naturaleza evanescente.
Este moderno frasco de Hugo Boss va dirigido a un público joven, a través de una línea esencial e informal.
La imagen del perfume
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